En febrero de 2.008 entraba en vigor el nuevo Reglamento de Instalaciones Térmicas en los Edificios, nuestro inseparable compañero “RITE”.
Las novedades que traía debajo del brazo, empujado por la directiva 2002/91, implicaban un cambio sustancial en el enfoque de las instalaciones: pasamos del ahorro energético a laeficiencia energética. Puede que estos dos términos, a un profano en la materia, le suenen a lo mismo, pero nada más lejos de la realidad.
El anterior RITE, heredero del antiguo “Reglamento de Instalaciones de Calefacción, Climatización y Agua Caliente Sanitaria”, anteponía el “ahorro energético” a todo lo demás. La prioridad era no consumir. Todos aquellos consumos que suponían un despilfarro estaban mal vistos.
Centrándonos en la ventilación, que es el tema que quiero tratar, simplemente decía de refilón que había que ventilar los locales, pero no daba muchas más pistas. Los profesionales del sector tiraban de las experiencias compartidas por instituciones y empresas, como el “Instituto Eduardo Torroja” o “Soler y Palau”, y a base de unos valores tabulados, se calculaban las renovaciones de aire de los locales.
Sin embargo la nueva reglamentación cambia el enfoque. Ya no habla de ahorro energético, sino de eficiencia energética, y además, en la escala de prioridades, la relega al último puesto.
Ahora ya no es primordial hablar de “ahorro”, se convierte en algo más importante un término que antes casi no aparecía: “calidad del ambiente interior”, en sus cuatro variantes: calidad térmica del ambiente, calidad del aire interior, calidad acústica e higiene.
De todas ellas, hay especialmente una, la “calidad del aire interior”, que afecta notablemente al consumo energético. Ahora tenemos que controlar de alguna forma la calidad del aire que respiramos en los locales, teniendo en cuenta siempre que el RITE se aplica fundamentalmente en los locales distintos de los usos de vivienda. Pasamos mucho tiempo encerrados en nuestros locales de trabajo, y debemos cuidar la calidad del aire que respiramos.
Y ahí es donde entra en juego la “eficiencia energética”. El mantener una calidad de aire interior se hace principalmente, y mientras no desarrollemos otros sistemas, aportando aire exterior. Este aire exterior se encuentra sin tratar, y por tanto deberemos filtrarlo y tratarlo térmicamente para darle las condiciones interiores del local.
Este proceso consume mucha cantidad de energía. De ahí la diferencia sustancial: ahora es preciso mantener la calidad de aire interior, y debemos hacerlo consumiendo la cantidad de energía que sea necesario, pero de forma “eficiente”. Hay que hacerlo, pero no vale todo.
El problema que se nos plantea ahora es que los procedimientos disponibles implican un consumo energético excesivo y unas necesidades importantes de huecos disponibles en el local para poder ubicar los conductos y maquinaria asociados.
Es necesario sacar aire de todos los locales para tirarlo a la calle y sustituirlo por aire exterior en la cantidad adecuada para mantener esa pureza de aire interior. Como ya hemos dicho, si los volúmenes de aire son importantes, la cantidad de energía invertida en tratar el aire exterior es grande, y la energía que estamos tirando a la calle con el aire renovado ya tratado es también importante.
Por ello la reglamentación obliga, cuando se supera un caudal de aire de renovación determinado (1.800 m3/h) a recuperar esa energía.
Esto se logra cruzando los flujos de aire extraído del local y aire exterior de forma que no entren en contacto.
El aparato encargado es un “recuperador entálpico”, formado por un cajón de unas dimensiones considerables y unas sonoridades más bien altas. Esto hace que sea recomendable su instalación en el exterior del edificio, lo que incrementa las longitudes de los conductos de aire, y los duplica, ya que necesitamos un conducto para extraer el aire y otro para introducirlo.
Todo ello unido, por supuesto, a un importante incremento de los costes de instalación, que en la mayoría de casos se duplican y en algunos pueden incluso llegar a triplicarse.
Y todo este lio en plena crisis económica … A ver cómo le dices al cliente, que por fin se ha animado a realizar la instalación, que ahora resulta que el presupuesto que tenía de hace 2 años ya no sirve y le cuesta, como mínimo, el doble.
Por supuesto este incremento en los costes de instalación va también unido a unos consumos energéticos mayores en el funcionamiento de la instalación y a unas exigencias de mantenimiento superiores.
Todo esto puede parecer un contratiempo para las empresas instaladoras del sector, pero yo creo que no es así. Como decía antes todas estas exigencias hay que cumplirlas, pero el reglamento no dice como. Las soluciones que hay ahora mismo en el mercado son caras, pero no son las únicas. Yo creo que esta reglamentación va a favorecer a los profesionales que llevan toda la vida dedicándose al tema, poniéndole el camino más difícil a los oportunistas y piratillas que suelen revolotear por el sector.
Se impone el uso del sentido común y de la creatividad, dos términos que no conocemos demasiado, y que tenemos que empezar a convertir en herramientas habituales de trabajo. Y por supuesto estamos en mejores condiciones de aplicarlas por el conocimiento que tenemos de la profesión.
Estoy convencido de que la tecnología existente, aunque no se esté aplicando a este tipo de instalaciones, permite un tratamiento del problema con unos costes inferiores tanto de instalación como de consumo energético y mantenimiento. Solo hace falta ser un poco creativos y demostrar nuestro conocimiento del sector.
Yo por mi parte tengo alguna idea rondando por la cabeza, que publicare cuando la tenga más elaborada.
Como siempre, son bien recibidos los comentarios.
Saludos!!